Wednesday, September 25, 2013

Como en casa de abuelita...


Sentirse en casa es lo mejor... Allí tienes la libertad de pasearte con tus rolos o con tu "dubi" sin que nadie te critique; andar en cortos y chancletas "mete deo" o chinelas acojinadas de abuelita; andar despeinado y sin camisa; porque en casa nadie te juzga, nadie te condena, nadie te critica. Es eso precisamente lo que nos encanta de estar en casa, es el lugar donde somos aprobad@s y aceptad@s aunque sea por nuestro perrito... Lo que pretendo establecer es que estar "en casa" es mucho más que una localización, cuatro paredes o una dirección. Puede ser que, simplemente estar junto a una persona, compartir en familia, asistir a tu iglesia te hace sentir "en casa", aprobad@, aceptad@, cómod@, en paz.
En la antiguedad el pueblo de Israel tenía dos casas principales. Ambas se encontraban en un monte al cual llamaban el Monte Sion. Una era la casa del rey, el palacio; la otra era la casa de Dios, el Templo. Desde los atrios del Templo podías mirar a tu mano izquierda y ver el palacio con el rey sentado en su trono; y mirar hacia el interior del Templo y visualizar al Rey sentado en su Trono Altísimo. Esta visión de ambas casas brindaba al pueblo judío tranqulidad, confianza y paz. Pero a veces los cimientos de nuestra "casa" son sacudidos.
El profeta Isaías recibió su llamado a ser profeta a través de una experiencia particular narrada en el capítulo 6 del libro. El primer verso comienza con un detalle importantísimo que mucha gente pasa por alto: El año en que murió el rey Uzías, yo vi al Señor... Este rey había comenzado a reinar a los 16 años en Judea y reinó por 52 años. Trajo paz, prosperidad, progreso y seguridad a Israel. Podías pararte junto al Templo y ver al rey Uzías sentado en su trono, lo cual te hacía sentir la seguridad y paz de que teníamos un rey bueno. Sin embargo, luego de 52 años, ¡el rey había muerto! La ''casa'', el lugar seguro se había perdido. Es en ese momento, en esa crisis, en esa incertidumbre, en ese año que el profeta Isaías dice: "yo vi al Señor"... Porque no se trata de si Dios está presente en medio de nuestros momentos difíciles, sino de si podemos verlo. Él lo vio pero no de cualquier forma; lo vio en un trono alto y sublime. El profeta tiene la visión en el Templo, lo sabemos porque dice más adelante que sus faldas llenaban el Templo, por lo tanto podía mirar a su izquierda y ver el palacio con un trono vacío; sin embargo había un trono ocupado; uno más alto y sublime que el del rey Uzías, el trono divino. Dios está sentado en su trono aún, sin importar los "tronos vacíos" que nos toque ver. La invitación es a sentirnos en casa cuando podamos cambiar la mirada del trono vacío al Trono alto y sublime de Dios.
Isaías estaba entrando a ese lugar de confianza, de seguridad, de paz; al lugar de la aprobación y de la aceptación, a la "casa". Por eso es que menciona que sus faldas llenaban el Templo. Esta era la casa de Dios; ahora, entiende esto bien, no es porque Dios necesite una casa, Él es muy grande e ilimitado para poder ser contenido en una estructura física; se trata de que los seres humanos tengamos una casa donde podamos experimentar a Dios y todo lo que implica la casa. Sus faldas son una imagen de consuelo, como las faldas de mi abuelita Marina. No importa lo que estuviese sucediendo en mi vida, solo había que llegar a casa de abuelita a la hora de la novela, y acostarse en su falda, automáticamente ella te pasaba la mano por la cabeza y se desvanecía toda ansiedad. Lo mejor de abuelita es que no decía nada, no había recriminación, ni crítica, ni condenación, simplemente una mano, una falda, y sentirse comprendido, aceptado y aprobado. Las faldas de abuelita, una "casa"... Así es Dios, en los momentos cuando los tronos están vacíos nos invita a la casa en sus faldas, nos pasa la mano, nos consuela, y nos hace sentir aprobad@s, aceptad@s, segur@s, y en paz. Si no te sientes así, es tiempo de regresar, ese es tu lugar, el Padre te espera para correr, abrazarte y besarte porque estás en casa...

Friday, September 13, 2013

Eres "tierra"...

La próxima vez que alguien te diga: “tierra” para insultarte, no te sientas mal… la verdad del caso es que ¡eres tierra! En realidad tod@s lo somos. La pregunta no es si somos tierra; la pregunta es: ¿qué clase de tierra somos?...
Para quienes creemos en lo que dice el relato bíblico de la Creación, específicamente en cuanto a la creación del ser humano, es importante observar la relación que existe entre la tierra y este. Si pudieses leer el texto en hebreo (idioma original) notarías el juego de palabras. El término para tierra es adamá; y el término para ser humano es adam. O sea, de la adamá, Dios crea el adam; porque la idea es que, aunque fuimos cread@s por la mano divina, nuestro origen es la tierra. Si eres un ser humano como yo, no puedes negar que es tu origen y esencia. La Biblia lo llama creados del "polvo de la tierra". Si creemos esto, entonces tiene algunas implicaciones para comprender plenamente nuestra existencia.
Tod@s somos tierra, por lo tanto somos IGUALES y estamos unidos, interconectados por algo más grande. Probablemente tengas más dinero que yo, o menos; pertenezcas a una clase social más alta, o más baja; tengas más títulos o escolaridad que yo, o menos; pero estamos unidos por la misma tierra…
Ser cread@s de la tierra habla también de nuestra verdadera condición, de nuestra composición. Como la tierra, somos frágiles, imperfect@s y débiles. Algun@s son más sant@s, más talentos@s, más virtuos@s que otros y otras; pero siguen siendo tierra… Porque, como dicen por ahí: “el que no tiene dinga, tiene mandinga…” Que nadie juzgue tus debilidades y fragilidades, porque son parte de lo que somos; y Dios dice que, precisamente en tus debilidades es que se perfecciona Su poder. (2 Cor. 12:9) El salmista decía en el salmo 103:14: Porque Él conoce nuestra condición, sabe que somos polvo. El predicador (Ecleciastés) decía: Del polvo fueron hechos, y al polvo todos volverán.
Tod@s somos tierra, pero ¿qué clase de tierra somos? Jesús nos ayuda con sus historias, sus parábolas, a responder esto. Él dijo: “Un día el sembrador salió a sembrar…” De más está decir que en esta parábola, el sembrador representa al Padre. Echa la semilla en tierra, pero algunas caen en piedras, otra entre espinos, otra en tierra seca y otra en tierra fértil. La semilla es Su palabra; y quienes han seguido mis enseñanzas en este blog saben que la palabra de Dios no es cualquier cosa, es una palabra con poder creativo que Dios ha dicho acerca de nuestras vidas desde la eternidad. Esa palabra define quien tú eres y trazó tu destino en Él. Es la inversión de Dios en nuestra vida… Y el sembrador tira la semilla con esperanza, la esperanza de que la semilla dé fruto. La intención es que ni una se pierda, pero no todas fructifican. ¿Por qué? Porque no depende del sembrador, depende de la tierra. Sin embargo cuando el sembrador echa la semilla en tierra es porque cree que la tierra es buena para su semilla. Es por eso que el Padre ha echado su semilla en tu vida, ha invertido en ti, ha dicho una palabra creativa acerca de tu vida desde la eternidad acerca de tu existencia porque para Él tu eres tierra, pero tierra buena, fértil. Su esperanza es que la semilla fructifique en tu vida, por eso salió a sembrar…
Eres tierra, frágil, imperfect@, débil, vulnerable, pero eres buena tierra. Dios tiene su esperanza en tí porque su semilla dará fruto, a treinta, a sesenta y a ciento por uno...
Que hoy comprendas que, más allá de las opiniones que otr@s tienen de tí, la opinión de Dios es que eres buena tierra, una en la cual vale la pena sembrar...
Que hoy, la esperanza del Sembrador sea una realidad en tu vida, eres tierra que da fruto, y esa semilla será en tu vida como árbol plantado junto a las aguas que da fruto a su tiempo y su hoja no cae, ese es tu destino...